O garoto de Pedrãlbes
Yoyalodije — By Susie Guasch on July 8, 2011 at 00:00—Pare, me’n vaig.
—Molt bé, però no vinguis gaire tard que demà hem de pujar a Montserrat.
—No m’has entès: me’n vaig per sempre.
—Què vol dir que te’n vas per sempre?
—No puc més. He viscut sota la teva ala prutectora tota la meva vida. Sóc gairebé un inútil. Ni tan sols sé com es fan uns macarrons com els de la iaia. He de surtir a menjar-me el món.
—Però ja t’ho has pensat bé? De què viuràs?
—Cercaré un treball.
—Puc parlar amb els meus amics, et trobaran una bona ocupació si no vols treballar a la meva empresa.
—No, pare, no és això. Me’n vaig al Brasil.
—Al Brasil? Però què dius?
—El Brasil és com els Estats Units de principis de segle, un lloc ple d’upurtunitats i un país per cunstruir. Hu he llegit al suplement de La Vanguardia. Allà hi plantaré les meves arrels. Pare, me’n vaig. Està decidit.
—Està bé, fill. Em fas sentir com quan vaig baixar de la muntanya. Però digue’m, de què viuràs fins que trobis feina?
—D’això precisament et vulia parlar. Em pudries prestar 50.000 dòlars per anar tirant?
The Kinks – A Well Respected Man
Corría ya el año 1983 y Alexandre había dejado de ser un niño para convertirse en un joven inquieto. La vida le sonreía, pero él quería algo más. Sus relaciones sentimentales viajaban a bordo de un transatlántico de emociones a flor de piel. Pero él no era un hombre que se dejara dominar por una sola mujer o por las cadenas invisibles de las relaciones familiares. El espíritu aventurero de Àlex había aparecido de la noche a la mañana, apoderándose de un corazón que, sin saberlo, siempre había suspirado por el placer efervescente de la auténtica libertad. Había intentado engañarse durante algún tiempo, proyectando una visión realista de su futuro, con un cargo importante en la empresa familiar o trabajando en beneficio de la administración pública por recomendación de los amigos de su padre, pero por fin había comprendido que no estaba hecho para ser sujetado por tales ataduras. En adelante, sólo su corazón indómito guiaría sus propios pasos, hacia lo desconocido o hacia donde tuviera que ser. Y los 50.000 dólares que le había entregado su padre le serían de gran ayuda para adquirir provisiones y un sombrero de cowboy brasileño.
—Escolta, Cucu. Com es diuen els vaquerus brasilenyus?
—Ja t’ho he dit abans: es diuen gaúchos.
—Hahahahahahahaha. Sembla un nom com… mmm… ehmmm… d’això… ehhhhh… uhhhh… és un nom com de… hahahahaha… em fa gràcia!
—Sí, ja m’ho vas dir abans.
Cucu, o Cucú, como le gustaba decir a Àlex, no era su nombre real, sino el hipocorístico formado a partir de las iniciales de su nombre compuesto: Quico Quirze. Cucú había tenido que soportar toda clase de bromas de mal gusto durante su infancia, cuando los nombres de los recién nacidos se traducían antes de ser incritos en el Registro Civil. La traducción al castellano de Quirze era Quirico, así que el nombre que constaba en todos los documentos oficiales era Quico Quirico. El padre de Cucu, que era muy de la cebolla, se empreñó de valiente en cuanto lo supo y no le dió la gana de pensar en otro nombre, o de acortarlo. En cambio, convirtió el derecho a hacer uso de nombres propios del santoral catalán en una lucha sin cuartel contra la autoridad competente, confinada, eso sí, a la intimidad de su hogar y consistente en esencia en enfurruñarse mucho y musitar consignas ininteligibles en la soledad de un cuarto oscuro frente a un televisor sintonizado en la carta de ajuste como único y desatendido acompañante. Una vez superada la “transición democrática” fue el primer catalán en cambiar su nombre por el original en lengua vernácula. El todavía adolescente Quico Quirze fue el siguiente. Como sus compañeros de clase ya no podían burlarse de él, Cucu fue feliz durante algún tiempo. Hasta que a alguien se le ocurrió relacionar su apellido con la residencia de verano del Papa en Castel Gandolfo. Cucu había encontrado un trabajito de relaciones públicas en una discoteca del barrio de Sarrià y de vez en cuando se le había ido la mano con las degustaciones de licores exóticos. Además era conocida su afición a estar rodeado de toda clase de mujeres, hecho que no le había impedido conservar su virtud, aunque quizá muy a su pesar. Como su apellido era precisamente Castel a algún tunante se le había ocurrido apodarle Castel Grangolfo, y este fue el sobrenombre que se le quedó durante otra buena temporada. Hasta que decidió sobornar a los redactores de la revista del instituto para que publicaran un artículo aparentemente desinteresado explicando su cambio de nombre y la necesidad de respetar la onomástica ajena en beneficio de todos. Gracias a ello consiguió que todo el mundo le conociera por fin como Cucu. O Cucú.
—Ostiiiiiiii! He superat el teu rècord a l’Space Invaders!
—Què? Quants punts has fet?
—Tres mil dos-cents cinquanta.
—Això no és res.
—Com que no és res. És més del que has fet tu mai a la teva vida.
—Ahir el Borja em va dir que ell en va fer vint-i-dos mil i pico.
—Ah, si? Doncs a mi el meu pare m’ha dit que em cumprarà l’Atari 5200 quan surti a la venda als Estats Units, que ens l’enviarà per Curreus un soci seu que viu a Nova York. La tindré abans que ningú i en pudré fer tots els rècords que vulgui.
—Collons, nano, quina sort. Però no m’havies dit que el teu pare et donaria un fotimer de diners per anar-te’n a fer d’au-pair a Rio? Per a què la vols la consola? Dona-me-la a mi que jo te la guardaré.
—De fer d’au-pair res de res. Què et penses, que sóc la minyona? A més necessitaré un secretari persunal i he pensat en tu…
—Jo? I em pagaràs el viatge i l’allotjament?
—Home, pudríem anar a mitges, com el Watson i el Sherluck Holmes…
Belle & Sebastian – I’m a Cuckoo
Los dos jóvenes habían comenzado a negociar los términos del contrato de Quico Quirico mientras en la otra punta de la habitación la Pepa, la sirvienta de la casa, recogía la ropa sucia para hacer la colada. La Pepa era prácticamente como una más de la familia. De hecho, había sido la nodriza de Àlex cuando a los seis años de edad este sufrió una regresión a su etapa neonatal y no aceptaba otro alimento que no fuera la leche materna. La Pepa acababa de ser madre por tercera vez, y hubo de repartir sus reservas mamarias entre ambos niños, aunque Àlex, con una capacidad succionadora superior, se llevaba siempre la parte del león. La Pepa pensaba que en cualquier caso aquello era como tener que alimentar a un par de gemelos, o quizá a tres, y que tampoco había para tanto. Y la madre de Àlex, por descontado, supo recompensar la abnegación de la Pepa aumentándole el sueldo un dos por ciento, en consonancia, eso sí, con la subida del IPC en un periodo no prorrogable equivalente a la duración de la pseudolactancia de Àlex. La relación laboral entre la Pepa y la familia de Àlex no tenía nada que ver con esa “lucha de clases” de la que tanto gustaba hablar a aquellos trotskistas del Baix Llobregat. Las pequeñas asperezas que pudieran haber surgido en el verano del 73, cuando la primera crisis del petróleo obligó a todo el mundo a arrimar el hombro para salir todos juntos adelante, ya estaban más que superadas. La Pepa aceptó dejar de cobrar un tercio de su sueldo, en consonancia con la opinión mayoritaria dentro de su propia familia de que en cualquier caso no le quedaba más remedio que aceptarlo. Probablemente el Paco, la Luci y el Juanmi habían entendido inmediatamente las grandes ventajas derivadas de una relación laboral tan flexible. La bonanza de esta cuestión quedaría demostrada cuatro años después, cuando la Pepa sufrió un accidente doméstico-laboral en el que se vió envuelto el patinete nuevo de Àlex. Su padre, en un gesto de infinita bondad propuso pagar a medias la reparación de la cadera de la Pepa en una clínica privada con el mejor equipo de traumatólogos de Barcelona (“trumatòlecs” según Àlex). La Pepa tuvo mucho tiempo para pensar en las pequeñas virtudes derivadas de trabajar sin contrato mientras se recuperaba y aprendía a caminar por segunda vez y el padre de Àlex se ahorró una molesta inspección de trabajo que le hubiera obligado a mover algunos hilos que ya tenía muy bien bordados. Todos contentos.
Y pese a todo, aquella frase hiriente, “què et penses, que sóc la minyona?”, le había hecho fruncir el ceño y encoger el corazón. Sabía que el señorito estaba destinado a grandes metas en la vida y que no tenía derecho a sentirse insultada en su indiscutible insignificancia, pero no pudo reprimir una cierta desazón. Cogió la ropa sucia y la llevó al lavadero, un espacio de dos por tres metros que se había convertido en su segundo hogar y decidió que hoy pediría permiso para salir antes de hora, con la pertinente reducción de salario que ello conllevara, y que al llegar a casa volvería a abrazarse a aquella botella de Jack Daniel’s.
—Osti, ja són les quatre i mitcha, hauríem d’anar tirant cap al Nou Camp.
—Es diu Camp Nou, Àlex.
—És lu mateix.
Es día de partido y los dos jóvenes han dado cuenta ya de un buen plato de espaguetis à la Pepa —”els que fa la iaia estan més bons”— pero en casa de Àlex preocupa que “un poco de pasta no llena nada”. Cucú ha optado por repetir tres veces, mientras que la abnegada madre de Àlex ordena a la criada que prepare “uns sandvitxos” para llevar. Todos contentos. A las cuatro y treinta y cinco minutos Àlex, Cucú y un tentempié ligero envuelto en papel Albal enfilan hacia Arístides Mallol, atravesando Pedralbes con el espíritu bullicioso de la alegre juventud. Es diecisiete de abril y el FC Barcelona ha perdido ya toda opción a ganar la Liga, tras sendos fracasos en sus visitas al País Vasco —1 a 0 en San Sebastián, 3 a 2 en Bilbao— pero hoy flota en el ambiente la estimulante fragancia de una inminente goleada. El Barça recibe a la Unión Deportiva Las Palmas, equipo que vive peligrosamente al borde del descenso y que se antoja una víctima propicia para el desahogo colectivo de una afición que centra ya todas sus esperanzas en la Copa del Rey, soñando con una posible final contra el Real Madrid que vuelva a aportar equilibrio al complicado karma barcelonista. La inversión ha sido importante: Maradona llegó para sustituir a Simonsen en un traspaso con cifras récord y la ampliación del Camp Nou de cara al Mundial del 82 sigue haciendo mella en la economía del club y aún más daño en el corazón del socio, poco dado a invitar a unas rondas. Además, cierto aire de exclusividad se ha desvanecido por entre los catacúmbicos pasillos de un Estadi en el que ahora caben hasta un 30% más de “simpatitzants”. Al presidente Ñóñez todo esto le ha costado algún disgusto, pero por fin empieza a vislumbrar las virtudes económicas de la ampliación de la casa común del barcelonismo, y sonríe con cada nuevo récord de recaudación. Para Àlex todo esto importa poco, porque desde su localidad de tribuna, a cubierto bajo el segundo graderío, apenas llega a atisbarse el nuevo gallinero. Pero es consciente de que la reforma del campo ha facilitado el acceso al club a la purria de la clase media y media-alta, de la cual forma parte su amigo Cucu. Y, francamente, ya estaba aburrido de ir solo al campo. Además, su padre pudo mover algunos hilos y encontrarle un asiento justo al lado del suyo, así que piensa que si algún día llegara a ser presidente lo primero que haría sería volver a ampliar el “Nou Camp”, porque uno nunca tiene suficientes amigos.
—Escolta, el Menotti aquest no val per res, hauríem de fitxar un entrenador que entengui el fumbol mudern.
—Goooooooool del Lobo Carrasco.
—Aquest sí que és bó.
—A quin entrenador fitxaries tu?
—No sé, n’hi ha un munt: Boskov, Trapattoni, Bearzot… Algú que sàpiga defensar.
—Com Javier Clemente?
—També, també.
—Gol de Marcos Alonso, això acabarà 8 a 0.
—Espero que no, jo he posat 5 a 0 a la porra de l’insti.
—Sempre poses el mateix resultat.
—Sí, però quan guanyem 5 a 0 sóc l’únic que se l’emporta.
—I quants cincazeros hi ha cada any? Un o cap ni un, no val la pena…
—Tu tampoc guanyes gairebé mai.
—Ja, però el que vull dir és que ja que fas servir sempre el mateix resultat, si aquest fos més normal, com un 3 a 1, o un 2 a 0, guanyaries molt més sovint.
—Començo a pensar que putser l’ampliació del Nou Camp no ha estat tan bona idea.
Aquel partido acabó 7 a 2, con goles de Schuster y Julio Alberto, y un hat trick de Maradona. La liga fue para el Athletic, que se la arrebató al Real Madrid en la última jornada. Los canales del chi barcelonista empezaban a fluir y una sonrisa interior se esbozó en el corazón del culé de a pie, justo antes de empezar a padecer ataques de diarrea al comprender que los resultados de las semifinales de la Copa del Rey daban lugar al tan esperado duelo contra el equipo merengue. Allí estuvieron Àlex y Cucú, que sorprendentemente consiguieron entradas para la final en La Romareda. El último enfrentamiento entre ambos equipos había deparado un 2 a 1 a favor del Barcelona y todos soñaban con repetir el resultado y dársela con queso a esos engreídos de la capital. Y así fue como ocurrió: resultado idéntico, con goles de Víctor Muñoz a pase de Maradona, Santillana a pase absurdo de Gerardo (pese a todo lo que se pueda decir, el mejor jugador mauritano de la historia del Barça), Marcos Alonso a pase de Julio Alberto, entrada en tentativa de homicidio de Camacho a Maradona y juego completo de peinetas de Bernardo Schuster dedicadas a su futuro equipo. Cucú y Àlex eran doblemente felices, además, porque pocos días después partirían hacia París, donde tenían pensado visitar el museo del Orsay, al que en su inocencia atribuían una temática futbolística, antes de tomar su vuelo de iniciación hacia Rio de Janeiro.
The Lovin’ Spoonful – You’re a Big Boy Now
Dos días después nuestros intrépidos aventureros ponen rumbo al Nuevo Continente. El avión hará una pequeña escala en Dakar —”però això no era un ralli?”— y seguidamente aterrizará en Rio de Janeiro, donde Àlex imagina una comitiva de bienvenida formada por doce voluptuosas ninfas cariocas, vestidas con trajes de carnaval y portadoras de sendos cántaros repletos de jugo de mango que vertirán sobre los ansiosas y calenturientas bocas de los viajeros a medida que se deslicen por la colchoneta de emergencia del aparato y pongan pie en suelo brasileño. Al entrar en contacto el frío líquido con los ardientes labios de Àlex la diferencia de temperatura producirá sensuales columnas de vapor de agua y algunas gotitas se condensarán en el objetivo de la cámara, mientras un Àlex ya saciado luchará por dar cabida en su aparato digestivo a todo el caudal que le sea ofrecido sin desperdiciar ni un mililitro de ambrosía por no herir los sentimientos de sus anfitrionas. Y mientras empieza a fantasear otra vez con enormes pechos repletos de leche y nutrientes recuerda que todo aquello ya lo ha vivido antes, mitad en una novelita de temática dudosa que le había pasado su colega Jacobo (sus padres se iban a divorciar, queda todo dicho) y mitad en una publicidad de Gatorade inserta en las páginas centrales del último Don Balón. Su corta estancia en París había deparado toda clase de anécdotas ligeras que amenizarán futuras veladas con los amigos del Real Club de Tenis de Barcelona o con los nuevos companheiros que conocerán en su voyage brésilien. Cucú tuvo un empacho comiendo dulces en una crepería y Àlex tuvo que hacer entender a los encargados del local que no hacía falta avisar a una ambulancia. Por suerte, su padre le pagaba unos cursos de verano en el Liceo Francés desde que tenía doce años —”je tem, mua non plis”— y no le costó nada entablar una conversación algo tosca con un camarero bigotudo que olía a baguette, a pesar de que este hablaba un francés muy de pueblo y alejado de los estándares cosmopolitas que a él le habían inculcado en la Académie. Pasados diez minutos, Cucú ya estaba felizmente recuperado y unos cuantos eructos después volvía a tener hambre, así que culminaron la velada en un restaurante de buffet libre camino del Plaza.
—Escolta, Àlex. No trobes una mica excessiu que viatgem en Concorde? Amb aquest ritme de vida ens fondrem els diners del teu pare en un parell de setmanes.
—Però si he agafat els bitllets més barats de tot l’avió. No et queixis que això hu pagu jo. I a més, així arribarem abans i tindrem temps per anar a llogar un iot.
—També t’has gastat gairebé dos mil dòlars en souvenirs a la torre Eiffel i al museu del Louvre.
—Home, és que tinc moltes amistats.
—I dius que has fet una reserva a l’hotel Ritz de Rio?
—Sí bé… per a mi. Tu dormiràs al sofà de l’estudi que he llogat a Copacabana. No et podràs queixar amb aquelles vistes, eh bribón, hehe.
—Escolta, potser hauríem d’anar mirant de ser una mica més austers si volem que ens durin una mica els diners.
—No et preocupis, si ens cal en demanarem més al pare. Ell sap perfectament que si li demanu és perquè hu necessitu.
—Bé, si tu ho dius…
—Quan arribem em cumpraré un pa de sucre. En aquesta guia turística francesa diuen que són molt bons.
—Em sembla que el Pa de Sucre és…
—Sí, sí, ja ho sé, no cal que m’ho expliquis. És una exquisidesa, gairebé un símbol de Riu de Janeiru, com el pà amb tumàquet a Catalunya. A tu també te’n compraré un, no posis aquesta cara. T’has enrecurdat de facturar les pilotes de platja?
I know there's things you never thought before That have to do with walkin'out old doors You've been prepared as long as time allowed Well I don't know how But you're a big boy now Come on and take a bow Cause you're a big boy now...
Tags: La vida de l'Àlex





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